Luego le pongo nombre

sábado, 19 de diciembre de 2009

1
Mi corazón está seco. Por más que lo intento no puedo llorar. Parece que por fin sucedió. La sequía de mi alma llegó hasta el corazón. Mi nostalgia es apenas una nubecita negra que amenaza con llover. Me hacen falta mis lágrimas. Me da miedo este desierto que llevo aquí dentro. No hay ni una sombra de mi alma para cubrirme. Estoy seco. Se me olvidó la palabra: ¿se decía “amor”? Mis lágrimas ya no acuden a la función de tristezas: ¿Es el inicio de la muerte?
Yo tenía un rio en el corazón que iba y desembocaba en mis ojos. Bastaba que alguien sufriera para que mis lágrimas le acompañaran la tristeza. Había tardes en las que tenía tanto llanto acumulado que me metía en los salones funerarios y comenzaba a llorar con la viuda o los hijos desamparados. Me sentaba en la esquinas a llorarle a los perros muertos. Buscaba en los panteones lapidas viejas y olvidadas y les lloraba a sus muertos. Regaba con lágrimas sus huesos y de ellos brotaba la vida.
Pero estoy sin lágrimas, seco, y apenas si logra conmoverme mi cuerpo tirado en la cama pidiendo un momento para hablar a solas con mi alma. Tengo miedo de olvidar cómo se sentía llorar, cómo se sentía sentir. ¿Estoy muerto?

2
Pinche cebolla, kilo y medio de cebolla picada. Me arden los ojos pero en definitiva no estoy llorando. Ya van dos meses y no hay lágrimas. Ya lo sé, es idiota preocuparse por no llorar, pero me duele el corazón. Las lágrimas son ese lubricante que necesita el cuerpo. Mis huesos rechinan ¿o será mi cuerpo y su grito opaco?
Un kilo de cebolla no es suficiente para llorar. Sirve como excusa para mi tía que llora despacito por Emanuel y su muerte absurda, por no haberlo seguido cuando dijo que escaparan. Le llora a su soltería y a su cuerpo intacto. Yo le pregunto qué tiene y dice que es por la cebolla, pero la cebolla no me hace llorar.
Me rechinan los huesos y yo me tumbo en la cama y esta vez mi alma no me quiere escuchar.

3
Después de la cebolla me pinche el dedo con una aguja y la sangre estaba espesa, roja intensa. Apenas si fluía sangre por la herida. Cayó un poco sobre la mesa y se hizo polvo. Mi cuerpo responde a cada estimulo físico. Me duele si pincho mi dedo o si golpeo furiosamente mi cuerpo contra la pared, pero no sucede más. Justo ahora no sé si me alegra sentir dolor o si me entristece haber terminado así.
Tendré que hacer algo drástico, enfrentarme a mi pasado. Volver a mirar las fotos. Hace años que no miro una fotografía. Cuando miraba alguna empezaba a llorar, a recordar detalladamente cada momento del pasado que quedaba atrapado en la imagen. Uno siempre cree que cualquier tiempo pasado es mejor que este presente. Qué injusto es mirarse sonreír en la fotografía. Las fotografías siempre mienten. “Esa sonrisa no es de mi cara y ese momento debió vivirlo un fantasma que traía puesto mi cuerpo”. Siempre me digo esto cuando miro una fotografía.
No hay vuelta atrás: hay que escarbar en el corazón para encontrar un poco de agua. ¿Dónde está el oasis de este desierto? Que un fantasma se ponga mi cara de muerto para llorarme un momento. No hay vuelta atrás. Abro el álbum de fotos y aparece ella.

4
Se llama Frida y tiene cuerpo de sirena. Me gustaba creer que lo tenía. Cada milímetro de su piel que mi lengua probó sabía a sal, a mar. Mi lengua la amaba. ¿La amaba? Se me confunden las emociones. ¿A qué sabe el amor? ¿Cómo se siente su piel? ¿Viceversa?
Ella conoce bien mis lágrimas. Varias veces le llore en los andenes. Mi alma le ponía luto y lágrimas en cada despedida. Y después le ponía tulipanes y lágrimas de nuevo en cada bienvenida.
Me enseño a escribir, a entender que uno es un idiota pero un idiota con algo que decir, me recitaba Sabines y lo reescribía con su voz. Los amorosos callan y yo aprendía de ella y su silencio. Bastaban unas cortinas falsas, una cama y sábanas limpias para que Frida me llevara de mar en mar, de puerto en puerto. No volábamos. Yo nadaba en su cuerpo y a veces en la noche naufragaba, pero sus manos me tocaban y marcaban el camino de regreso. Sus ojos me miraban como faros en la noche. Iluminaba mi noche, mi aguacero. Decía que tenía pestañas de aguacero y es cierto.
Una noche se recostó sobre mi pecho y al parecer algo le contó mi corazón en voz bajita que se puso a llorar. Algo le debió decir mi corazón que hizo que se fuera.
Hoy la miro en la foto y recuerdo que sabía a sal pero no recuerdo cómo se sentía su cuerpo en mi cuerpo. El mar entre sus piernas y mi miedo a perderla. ¿La amo? Se me confunden las emociones pero al parecer los sabores siguen intactos. Qué felicidad ¿o qué tristeza? Frida ahora es una página del álbum, un recuerdo, pero mi llanto sigue enfermo.
Doy vuelta a la página y ahora encuentro un cuerpo sin rostro. ¿Cómo se llamaba este cuerpo?

5
¿Dolores? ¿Cómo se llama? Reconozco sus manos. Alguna vez hicieron grietas en mi espalda. Sé de memoria su cuerpo. Las palmas de distancia. Sabe a vainilla. ¿A qué sabe el color verde? Olvidé su nombre.
Mi puño cerrado hizo que empezara a sangrar la palma de mi mano. ¿La odio? Recuerdo que le lloré muchas madrugadas mientras ella en un cuerpo ajeno se reía del tiempo y de mí. Recuerdo que mi sangre no era tan roja como ahora y que varias veces caía sobre el lavabo del baño y en vez de polvo se convertía en ceniza.
Qué silencio incomodo. Me siento como si estuviera desnudo. Un aire me tumba, escalofrío. No hay que buscar más. Aquí no hay lágrimas. Aquí no se derraman más lagrimas. No a ella, no con ella. Tiro el álbum. Es inútil. Olvidé cómo llorar.
Miro al suelo y una foto se desprendió del álbum. Yo de niño. Tiemblo. ¿Estoy sintiendo de nuevo?


6
Un casco de astronauta y de paisaje el cielo infinito. Mi alma estaba en la luna y yo cada tarde emprendía el viaje a buscarla. ¿Cuántas estrellas caben en mis sueños? Mi madre me cuenta infinitamente un cuento. Yo le creo. Hay conejos en la luna y hay fantasmas en las sombras. Está Dios y su eterna nube divina de calma e indiferencia. Padre nuestro y el siempre en los cielos.
Un casco de astronauta y mi cuerpo creciendo por el universo. Polvo de estrella sobre mis ojos. Alguien plantó en mí la nostalgia pero no hay lágrimas para regarla.
El niño con casco de astronauta soy yo y su sonrisa dibuja nubes. Volver a mi lugar seguro, a mi caja de cartón, a mi amigo imaginario que hace años me dejó de hablar. Estoy sintiendo ¿estoy sintiendo? Aquí no hay lágrimas. Aquí hay una foto de astronauta, el cielo y mi infancia.
¿A qué horas se coló la tristeza por la ventana? ¿Quién dejó la puerta abierta para que el lobo se tragara la felicidad? Viene el lobo, se bebió mis lágrimas. Nadie me cree. El lobo, el lobo. Cierro las ventanas pero hay sombras que nacen, fantasmas que quieren cobrarme a mí.
La luna en mi cabeza. Yo soy el niño que bajó a pedradas las estrellas y ahora el cielo cobra la cuenta. Que caiga ya el aguacero de mis ojos. Llora, llora. Yo era ese niño-astronauta, niño-viajero. Llora, carajo, llora.
¿Quién putas se llevo la infancia? El lobo viene. ¡Alguien que me salve. El lobo-padre me traga! Quiero mis lágrimas. Quiero mi alma.
Yo soy el astronauta. Yo soy la sonrisa mal dibujada. Dame mis lágrimas que mi corazón se seca, que mi alma ya no tiene fuerzas para volver a la luna, que mi cielo está estrellado pero sin estrellas. Viene el lobo, mi padre. ¿Quién dejo que se metiera el lobo? Tengo miedo pero no hay lágrimas. Un casco de astronauta y mi vida sin lágrimas. Estoy sintiendo pero no puedo llorarle a mi alma. Yo soy el astronauta y el cielo infinito crece y me aplasta. Llora, por favor, llora. Un silencio y aquí no hay calma.


7
Mi cuerpo tiembla. Abrí la caja y ahora todos los recuerdos juegan en la habitación: olores, imágenes. Me desangro y el polvo de mi sangre marca el tiempo. No hay tics, ni tacs. Sólo polvo, desierto. Mi alma, ¿tenía un alma?
Yo me conmuevo. Por fin me conmuevo. Distingo la tristeza de la alegría pero estoy lejos de sentirme vivo. Agua, agua, lagrimas. Mi cuerpo ya no puede con el tiempo, con el polvo.
El que roba la sonrisa a un niño es un asesino, un hijo de puta y no vale la pena llorarle. Sólo dejar que el polvo lo lleve lejos de esta habitación. Tengo miedo de quedarme callado y que el tiempo me vuelva polvo. Gritaría pero mi garganta está seca. No vuelvo más a tocar su recuerdo. No hoy, no siempre.
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8
Ayer estaba a punto de rendirme. Pensaba que tal vez lloré tanto que me quede sin lágrimas y no hay más qué hacerle. Aceptar que los ríos también mueren. Que la vida y las lágrimas se secan. Iba a dejar todo este asunto del llanto y de pronto la conocí. Y verla me humedeció los ojos y el corazón.
Se llama Fernanda y entre su pelo enmarañado y su voz ronca encontré a mi alma. Y mi alma está segura cuando ella está. Se calma, se adhiere a mi cuerpo y juntos la disfrutamos, la vivimos.
Soy libre de quererla porque ella ama a otra, piensa en otra. Ella no piensa en mí ni en ningún hombre y eso le basta a mi alma. Despertar a su lado y saber que jamás estará conmigo. Oírla, mirarla, aprender de ella y saber que sólo le basta que la quiero. Mi mujer perfecta debe amar a una mujer, nunca a mí, para seguir soñándola.
Quiero llorar. Eso es una buena señal. Pero sólo es un trueno de mi alma. El qué dirá y qué dirán aleja la tormenta y me quedo cayado. Habría que aceptar que me quedé seco de lágrimas pero encontré mi alma.

9
Se caen las nubes gota a gota, granizo a granizo. ¿Quién pegara el cielo roto? Llora el mundo. Lava las calles, los pies descalzos. La nostalgia del mundo se derrama por la ventana. Después de su tristeza la vida crece, se renueva. Después de mi tristeza ¿qué pasa? Llora el mundo. Se lava el alma. Todos están en casa mirando la ventana; llorando en silencio con el mundo que se acaba, que se desmorona nube a nube, sueño a sueño. ¿Quién pintará el amanecer mañana?
Si yo tuviera una lagrima, terco mundo, te la daba para regar la esperanza, para quitarnos el luto del alma. Flores frescas renacerán mañana. Pongo la canción número siete. Cierro los ojos. Estoy seco y afuera el agua se desborda. Miro la ventana. Quiero llorar como María Magdalena, como huérfano. Quiero llorar pero mi corazón está seco. Escupo al cielo de envidia porque a pesar de todo el aún puede llorar y mi saliva se vuelve nube. Quiero cerrar los ojos y que cuando los abra todo haya sido un mal sueño y me ponga a llorar.


10
Cuando uno nace la señal de que estamos vivos es el llanto ¿Cuando uno muere pasa igual? Los fantasmas no lloran, no se conmueven: chocan con cosas, tiran el florero, juegan a que viven, pero no lloran.
Soy un fantasma o pronto lo seré, cuando salte, cuando tire el gatillo, pero no llorare. El llanto siempre será ajeno.
Dichosos los que aún lloran de luna a luna, los que lloran en las centrales de autobuses con la mano levantada diciendo adiós, los que lloran de risa con la mano en el estómago, los que le lloran a sus muertos y de sus lágrimas brotan recuerdos, los que lloran de arrepentimiento y de la nada, los que nacen llorando y se van sonriendo, los que prueban sus lágrimas.
Yo soy un fantasma o pronto lo seré. Salto. Tiro el gatillo. Un silencio largo.
Soy una nube. Mi cuerpo llueve. Viva mi vida, lloro. Soy un rio. Me visto de muerto para acudir llorando a mi funeral.

Pan De Dios

miércoles, 13 de mayo de 2009



Pan De Dios.

Apenas toca mi tristeza la punta de mi alma y salen a chorros estas lágrimas falsas. ¿A cuantos velorios no habré sido invitado? Tantos ríos en mis ojos cansan, duelen, amargan. Tantas nubes en tu cielo ensombrecen, apagan. Quiero mi cuerpo, ya no esta piel amplia pero limitada, ya no este aguacero de pestañas. Si no mi cuerpo. El que entro desnudo a este mundo, con sangre y agua. Ya no estos brazos marcados, acribillados. Quiero encontrarme bajo la cama o en el camión, el metro. Es que mi muerte sigue dormida bajo las algas, entre la sal y la arena. Y yo soy este desierto que mata, que deshidrata. Bendita vida, torpe vida. ¿Dónde se quedo mi vida? y vuelve la marea de lagrimas, la torpe lluviecita de nostalgia. Pan de Dios, Dios. Vida. Conozco las palabras. Dame una esperanza, una oración que dure toda la madrugada. Dios, Muerte, la vida goteando mi rabia. Virgen, soledad. Padre, huérfano de Dios, Dios, Pan de Dios, hambre de vigilia y mis días sin el sol. Reconozco el silencio que antecede a la furia del tiempo, al rencor divino y mis pecados mirando a hurtadillas por la rendija de la herida abierta de mi corazón. Lluvia, primavera, madre. Somos los instantes antes del invierno, el otoño en el paraíso. Tierra prometida, vendida, negada. Vete, vete, quiero mi cuerpo, mi sangre, la desnudez que me vuelve tu hijo. Pecado original. Déjame a mi tirar el tiempo, migajas de tiempo. Es que ya no tengo ganas de seguir gritando que me muero. Es que el lobo hace días que vomito mi cuerpo. El lobo, el lobo. El triste lobo. El lobo que no traga. Dios-lobo, Dios-Padre, Pan de Dios, Dios-decuantos-dequienes- Dios mío, crucificado, mártir. Dios-noche. Sálvame de tus ojos y de ti, de tu balanza y el rayo divino sobre la sien.
Habiendo tantos hombres me viniste a dar la palabra a mí, habiendo tantos cuerpos me salvaste del barro a mí.
Viene el lobo, triste lobo. Lobo hombre.
Solo se queda este lamento quieto y este cuerpo mirándome a mí y al espejo.